Seguimos sin hablarnos y nunca habíamos sostenido silencios más de un día. Nuestros desencuentros sólían acabar bajo las sábanas, donde nuestros cuerpos eran incapaces, en la acercanza, de albergar ningún tipo de rencor. Pero anoche fue distinto, se hizo la dormida, no nos tocamos.
Han pasado dos días y dos noches, tres horas, dos minutos y un segundo... y seguimos sin hablarnos.