20 de abril de 2011

LAS MUJERES DE HAZERSWOUDE



Hazerswoude- Tsjechov, 2006 (Ellen Kooi)

I.  EL MAIL

“Me llamo Ellen: me gano la vida retratándola y no estoy loca. He hecho miles de fotografías a lo largo de mi carrera pero les aseguro que las imágenes de las que hoy les hablo quedaron prendidas en mi retina y mi memoria para siempre. Es una imagen, son tres imágenes, es una imagen: son la historia de una mujer, desconocida entonces, que apareció en mi objetivo inesperadamente en unos de mis innumerables paseos por los canales de Hazerswoude durante el crudo invierno de 2006”

     Recibo este texto entrecomillado en el cuerpo de un mail junto con el archivo adjunto de una imagen. La remitente, Ellen Kooi: una conocida fotógrafa holandesa sobre la que había publicado algún artículo en el diario para el que trabajo. Según ella, yo había sido el único crítico capaz de captar el alma de esa imagen, adjuntaba su móvil y me solicitaba que me pusiese en contacto lo más pronto posible, necesitaba hablar conmigo. Se encontraba estos días en Barcelona y no quería dejar pasar la oportunidad de hacerlo: yo tampoco. El motivo quedaba en el aire, el misterio también.
     Reconocí la fotografía al instante, formaba parte de una colección ambientada en los paisajes de canales holandeses que la artista había expuesto hace ya unos años en Barcelona, y sobre la que versaba el artículo al que se refería su autora. Volví a mirarla, la resolución era alta y eso me permitió ver detalles que había olvidado. Es cierto que en su momento me impactó el rostro de esa mujer en primer plano: el contraste entre la calidez de su mirada directa y limpia y su pelo encendido iluminando la estancia, con la frialdad de la negrura del canal rodeado de nieve. Recuerdo también haber pasado largo tiempo intentando descifrar el mensaje de esa imagen, esclarecer si las otras dos mujeres eran o no la misma mujer. La razón no podía explicar todo lo que veía, mi intuición, sin embargo, sí me llevaba a entender que allí se había plasmado todo un mundo interior femenino, lleno de anhelos, sueños, deseos, olvidos, esperas, soledades. Así lo había expresado en mi artículo: me parecía una obra inacabada. Y el agua, presente siempre en su obra.

     - El tiempo es agua – refería la autora en una entrevista concedida al diario El País en aquella época- siempre regresamos al agua.

Sentía que sólo la persona que tomó la instantánea tendría las claves de su mensaje: de esas mujeres, de esa mujer, de esos momentos. Ahora tendría la oportunidad de averiguarlo.

Unos meses después de mi entrevista con ella publiqué este relato a petición suya y tras exponerme las dificultades que había tenido en sus intentos de realizarlo ella misma.

II. LAS MUJERES DE HAZERSWOUDE

     La fotógrafa Ellen Kooi, embarcada en su nuevo proyecto, viaja con el objetivo de conseguir un buen reportaje gráfico que capte la vida de las gentes al borde de los muchos canales de Hazerswoude. El escenario no podía ser mejor: la belleza de ese lugar, al que siempre se prometió regresar, y la luz recién estrenada de una mañana fría y gris de invierno. El de 2006 está siendo un invierno duro y los restos de la nevada de la noche anterior se acumulan en los bordes de la carretera.
     Ellen conduce con precaución en dirección a la zona elegida previamente cuando, allá abajo, al borde del canal, una casa llama su atención: la sencillez de sus formas, su transparencia, su discreción, su luz. Se acerca, aparca a una distancia prudencial y, procurando no ser vista, se adentra a pie con su cámara.
     Es su estrategia, la fotógrafa busca retratar personas interactuando con el paisaje de manera espontánea: no deben percatarse de su presencia. Si el trabajo finalmente prospera, visita a sus protagonistas y les solicita permiso para publicarlo. No suelen negarse, su fama la precede y las fotografías son excelentes.
     La casa tiene grandes cristaleras que dan al canal y se mimetizan con sus aguas heladas. No es fácil distinguir donde empiezan unas y acaban las otras. La luz, el agua, la arboleda, la nieve y el cielo gris se reflejan en las paredes transparentes del edificio como si formaran parte de él.
     Decide acercarse un poco pero antes protege su cámara: no es la primera vez que ambas acaban dando de bruces contra el suelo buscando un plano maravilloso que la inmortalizaría e inutilizando alguno de sus carísimos aparatos.
     No puede avanzar más, el desnivel es peligroso así que se instala, coloca el objetivo y enfoca para obtener un plano que capte parte de la casa y del canal: es entonces cuando ve a Sofie Drescher por primera vez.
     La sorpresa ante la mirada obstinada de esa mujer clavada en el objetivo la desconcierta de tal modo que, asustada, se retira bruscamente hacia detrás, disparándosele accidentalmente la cámara. La estaba mirando directamente a ella y su media sonrisa parecía confirmar que había descubierto sus intenciones, lo cual parecía del todo imposible dada la gran distancia a la que se encontraba de la casa y la frondosidad del lugar en el que se había agazapado. Quizás lo más correcto hubiese sido acercarse a dar las explicaciones pertinentes y pedir dispculpas por la intromisión en la intimidad de su hogar pero el sobresalto aún no la había abandonado y prefirió marcharse de allí rápidamente: necesitaba alejarse y pensar en lo sucedido ya que no era capaz de entender la mezcla de atracción y miedo que acababa de experimentar en tan pocos segundos ante esa presencia inesperada.
     Habían pasado dos semanas desde aquel día y Ellen no lograba apartar a aquella mujer de su pensamiento. Apenas había tenido tiempo de percibir su aspecto físico aunque, la gran observadora que era, ya la había registrado como una especie de Gioconda pelirroja vestida de verde brillando entre los colores apagados y neutros del entorno.
     En los días que siguieron al precipitado encuentro, había seguido realizando trabajos en la zona pero siempre evitó acercarse a la casa de cristal, como la denominaba cada vez que rememoraba la anécdota con alguno de sus viejos conocidos de profesión: ellos insistían en que se había obsesionado con la pelirroja del vestido verde y que debía volver para esclarecerlo todo, presentarse y tomar unas fotos que, con toda seguridad, serían excelentes puesto que el interés y el misterio estaban servidos y la mirada de su cámara, la suya propia, ya estaba condicionada a captar algo muy especial.
     Hoy es el gran día: Ellen se dispone a visualizar los trabajos de las últimas semanas. No suele hacerlo hasta dar por finalizado el reportaje, otra estrategia habitual en la artista para evitar condicionar sus tomas posteriores y que hasta ahora le había dado muy buenos resultados. Consistía en evitar que las imágenes tomadas un día interactúasen sobre las del siguiente.
     La primera que carga su editor la paraliza: es ella, la chica del vestido verde, y la mira como aquel día. No recordaba haber tomado esa foto, es más, estaba segura de no haberlo hecho. La misma mirada de complicidad, como si estuviera esperando encontrarse con la suya. Sentada, con los brazos relajados en el regazo, encendiendo la estancia con su pelo y con esa media sonrisa de boca grande y labios gruesos, distendidos. Necesita hacer un zoom sobre el verde de sus ojos para constatar que no son un reflejo brillante del color de su vestido. No lo es. Si ella tuviera esos ojos también hubiese elegido ese color para sus ropas. Ellen tiene la misma sensación de sobresalto, de haber sido descubierta.
     En la fotografía no está sola, aunque no recuerda que hubiese nadie más ese día, todo fue tan rápido. Aparecen otras dos mujeres de aspecto y atuendo muy parecidos: las tres visten el mismo color, las tres evitan recoger y cepillar sus largas melenas rojizas.
     En segundo plano, de pie, los hombros al descubierto, otra mujer pega sus manos y su mirada al ventanal buscando el cielo. No puede evitar compararla con mi Gioconda, su actitud es menos relajada: nota en su postura la tensión del anhelo, del deseo, de un sueño, de una espera. Cierta melancolía. Fuera, junto al canal a través del cristal puede verse otra mujer un poco más abrigada, los pies hundidos en la nieve, abrazándose a sí misma, encogida, no sabe si de frío, de tristeza o de ambas cosas. La tensión emocional crece a medida que los planos se alejan y las figuras femeninas disminuyen en tamaño al tiempo que aumenta su desasosiego. La relación que pueda haber entre estas tres mujeres intriga a la fotográfa, que ya en ese momento decide que se presentará en la casa cualquier día para excusarse y saber algo más de ellas.

     Hay aguas por todas partes: las negras del canal, las níveas y sólidas del suelo, las condensadas en el cielo a punto de romper en lluvia clara y tranparente. Pero la que más llama su atención es la que guardan en el interior de la casa en esos dos recipientes de cristal: está limpia, está quieta. Nada tiene mucho sentido. Hay cierta incoherencia en todo lo que ve. No hay muebles en la estancia excepto el sillón tapizado en blanco en el que reposa, esperándola, su Mona Lisa- ya le resulta familiar. El suelo rojizo acoge piedras y broza como ocurre en esas casas abandonadas en las que la naturaleza penetra sin saber cómo a pesar de tener todos sus orificios cerrados, ese abandono que contrasta con el largo radiador del fondo de estilo muy actual.

Son las ocho de la mañana, aplica ciertos retoques a la imagen que le dan un ambiente casi onírico, muy a su estilo, guarda, apaga el ordenador, se pone el abrigo, las botas de caminar, coge su cámara y las llaves: se va.

1 de abril de 2011

MIEDO EN DOS MINUTOS


       Voy dejando arriba el espléndido sol de este domingo en Barcelona mientras desciendo apresuradamente las escaleras del Metro: línea roja, dirección Santa Coloma, último vagón pescado al vuelo, el alivio de un asiento vacío.
      -¡Te ha quitado el sitio, Pau! - chirría en mis oídos resacosos la voz cizañera de una chiquilla, me encuentro con su mirada y una sonrisa torcida por la mala intención.
      Pau debe ser el niño algo mayor que está de pie con la nariz aplastada en la ventana. Los padres me miran y reprenden levemente a la niña. Entre líneas, sin embargo, adivino que soy una intrusa en su perfecto grupo familiar de fin de semana, vamos a sacar a los niños. Ni me disculpo, ni me muevo, estoy vencida. Me acomodo en el asiento dispuesta de nuevo a desconectar de todo. Túnel.
      - Papá, ¿quién vive en esas puertas?- la voz del niño es débil, soportable.
      La misteriosa pregunta me reinicia, me sorprende y se queda conmigo en el aire esperando una respuesta. Ya no soy niña, hace tiempo que dejé de ver puertas en los túneles del metro y de preguntarme quién vivía en ellas. Nunca la formulé, evitaba las respuestas distantes de mi madre, tipo "déjate ya de tonterías, niña, siempre con la cabeza en babia", mientras seguía arremucándose con otro de sus paletos que no sabía que acabaría dándonos de comer aquel día. Permanezco atenta, suspendida. Espero la respuesta y la atención que siempre deseé a lo que nunca pregunté. Ellos no lo saben, yo tampoco todavía, pero ya se habían convertido en carne de teclado y word.
       - No vive na...
       - ¡Los fantasmas y los monstruos!, le interrumpe bruscamente la presunta niña con hambre de misterio y tono de carnaza. Quién sino.
       - Vaya ...como que tú los has visto- frunciendo el ceño, comprendiendo las terroríficas intenciones de su hija. La madre cede sonriente la negociación a su marido.
       - Sí.
       - Que los has visto, dices- insiste el padre dándole la oportunidad de desdecirse y evitar así alimentar los terrores nocturnos de su hermano mayor.
       - Sí - rotunda.
       - Están enterrados ahí... -murmura el niño que, impresionado, no ha podido olvidar las palabras de su hermana y ausente ya de la conversación sigue buscando monstruos y fantasmas en el túnel.

29 de marzo de 2011

ENTRE DOS MUNDOS


        No sé como llamar la atención de Isabel cuando está ahí dentro con toda esa gente. Hoy no para de hablar con la familia de un tal Ignasi Raventòs, todos llenos de piercings y tatuajes, pesados a más no poder con sus charlas de tinta y sus agujeros anímicos.
        Ya no sé que hacer. He utilizado todos los recursos que estaban a mi alcance: fui sigilosamente hasta su habitación y conseguí la zapatilla prohibida, la rosa, la que provoca en ella esos aspavientos tan divertidos persiguiéndome por toda la casa con ese "no" tan familiar que ella piensa que me perturba y a mí me resulta tan motivador.
         Después fui al lavabo y me traje ese otro objeto que provoca idéntica respuesta en ella, un objeto cilíndrico hueco y marrón que no sabe a nada pero que se destroza apetitosamente y se deshace en mi boca.
        - ¡Noooooooooooo!, ¡eso no!- me ha pillado.
        Ha cerrado las puertas de los objetos prohibidos. Cuando esas puertas se abren, por olvido,claro, se abre el cielo.
        Mi ama sigue tecleando. Es un ruido agradable que a veces me hace conciliar el sueño pero otras me exaspera y me aburre soberanamente, como ahora.
        Por fin se han ido los cuatro visitantes pirograbados. Es la mía, ahora no hay nadie. Entro, me acerco a ella, nada. No lo entiendo. ¿Habrá dejado de quererme?
        - ¿Qué pasa chico? ¡Mi chicorrote! - mi cola es la primera en alegrarse, gira como las aspas de un molino - ¡Está contento mi chico!- salto, me acaricia, me estiro, me retuerzo, me levanto, le pongo mi pata en la suya , le saco exageradamente la lengua, abro mis ojos todo lo que puedo.
        - ¡Y cómo le gusta que lo acaricien!- ya he hecho todo lo que sé hacer, porque lo de ladrar no procede. Por fin regresó. ¡¡Esta es mi ama!! Ahora seguro que me lleva al parque. Lo hace siempre que remuerde la conciencia y se siente culpable de haber estado tanto tiempo fuera.
        - Vamos Dex, chiquitín, vamos al parque.


28 de marzo de 2011

EQUILIBRIO

        Dex duerme entre el "estudio " y el "salón", mi apartamento es muy pequeño, pero tiene algunas puertas.
        Suele despatarrarse a medio camino entre mi silencio, el sonido de las teclas y la vida de allá afuera, como si quisiera ser el elemento aglutinante de ambos ambientes, el equilibrio que a veces me falta cuando la inspiración y el ordenador se apoderan de mí.
      Voy a acariaciarlo sin más demora.

27 de marzo de 2011

CONVIVENCIA

       Ahí llega majestuoso, algo lobo, muy negro. Mi dulce Darko.  Su presencia impone  a los demás humanos, una mezcla de respeto, admiración y miedo. Darko elige con criterio a su manada, dosifica sus mimos, pero siempre está ahí , no muy lejos, protegiendo a los suyos. No acaba de entender, aunque lo asume, que me tiene que compartir con el blanquito.
        Dex, por el contrario, es pequeño, peludo,  suave, se diría hecho todo de algodón sumiso y dulce. Él reparte mimos a diestro y siniestro, sin demasiados criterios, eso sí reserva los más ricos para los que le amamos, nosotros, Alex y yo.
      En el reino Darko, su casa, la nueva casa de Alex, Su Majestad ignora a Dex, le acepta como mucho la primera caricia, el resto le agobia y se va. Ni siquiera le gruñe, no merece la pena, es un cachorro de de 8 meses y él ya tiene 11, dónde va a parar. Allí Dex se contiene y sí, me permite acariciarlo y estar también por él. Mi precioso Darko, el primogénito.
     Pero hoy está en mi casa, la suya, su antigua casa  y el blanquito no le pasa ni una: el sofá es suyo, el estudio, también, la cocina, el lavabo, el colchón, los juguetes, yo. Cuando nos visita el Rey, Dex sólo cede, desde la parte de humanidad que le queda, la comida y el agua, que eso no se le niega a nadie.
    Su Alteza se ha ido y  el príncipe blanco relaja su estrés a mis pies y se resigna. Otra vez será, piensa. En la próxima intentaré de nuevo conseguir la abdicación.

25 de febrero de 2011

LAS TETAS DE CANDELA

Estábamos allí por ellas. Hacía años que debieron haber intervenido esas desmesuradas mamas, ya casi abuelas, que le habían hecho la vida imposible, pero nunca eran lo suficientemente grandes.

Era una cuestión de peso. Debían descolgarse de su nacimiento un número determinado de centímetros, ahora no recuerdo cuántos. Sí recuerdo que no lo consiguieron, hace dos años cuando la acompañé a la visita para solicitar por tercera vez la reducción mamaria, la mirada de Candela aquel día, suplicante. Debían alcanzar un tamaño patológico. El protocolo de lo patológico en la Seguridad Social presenta un abanico amplio de posibilidades y grados de sufrimiento que siempre anda rozando los límites de la emergencia, hasta el punto de que, al final, el criterio puede quedar en manos de un sanitario buena persona. Y así fue como Candela, en su cuarta visita, una mañana de 2010, tuvo la gran suerte de que aquel doctor anotase en su informe ese milímetro más de teta que le faltaba.

Desde que nacieron, las tetas de Candela no habían parado de crecer. Crecían hacia todas partes, de todas las maneras, en tres y hasta en cuatro dimensiones. Pero ella era joven y siempre las mantuvo altas como la frente, aunque su espalda se acabase curvando para equilibrar su paso seguro y su coquetería.

Había tenido que hacerse a ellas.

Y soportó hasta la saciedad las miradas de todos: las de hombre, sediciosas, las de mujer, intolerantes, los niños señalando con el dedo, eso no se hace, las de anciano, verdes; las de los jóvenzuelos, descaradas, acompañadas de esa risa adolescente tan escandalosa que usan para reafirmar la frágil personalidad de sus días.

Candela convivía con sus pechos con naturalidad. Y con Damian, su marido. Los colocaba para dormir, los sujetaba a medida, los ofrecía, los cuidaba. Estaba hecha a ellos, los entendía y los soportaba. Pero no paraban de crecer y su capacidad de adaptación y su columna ya no los soportaban.

Lo de Damián, fue mucho más fácil.

Su pánico a las operaciones y los contínuos rechazos del insaciable ente sanitario habían retrasado la intervención. Pero aquí estamos, un año después, acompañando su espera llena de nervios, de ilusión y de miedo. Hoy es el gran día. No tardarán en venir a buscarte. Ese es el peor momento, luego todo pasa, Candela, verás como todo pasa. Estamos todos, el clan siempre está unido aunque sólo sea en estas ocasiones en las que se nos toca la sangre. Besos y manos que se aprietan por si acaso representando una de esas extrañas despedidas quirúrgicas de gorros verdes y camas que caminan, de celador simpático que le quita hierro al tema, de especial sensibilidad.

Candela ya duerme, ahora la espera es sólo nuestra.

Los turnos se alternan entre los menús de la cafetería, los cigarrillos furtivos y la espera de noticias en la 2415 de Can Ruti. Nos repartimos, somos muchos, el clan se organiza bien para estas cosas. La tarde se me echa encima. Anochece. Son cinco horas de intervención, doy una vuelta por casa y vuelvo.

Todo ha ido bien. Candela vuelve reducida, aun dormita. Pregunta por su hijos, su cielo. Qué te dije, ya pasó. Aquí estamos.



7 de febrero de 2011

TERESA, TERESA

        Durante meses mantuvieron con vida artificial a su esposa, clonada hacía hoy un año. El clon ya está listo para respirar solo, necesitamos su autorización. ¿Qué está ocurriendo? Necesito pensar con claridad. Dos firmas, dos mujeres, dos vidas, dos muertes. Teresa, Teresa.
        Hace un año, no pude imaginar mi vida sin ti, la terrible llamada que me comunicaba tu accidente, el coma, la desesperación, no hubo indecisión en aquella firma. Pero hoy es difícil, día tras día hablando con tu cuerpo inerte, cuidándolo, moviéndolo, curando sus laceraciones, masajes, caricias. Un año en el que te lo he dejado todo, mi tiempo, mi amor, mis secretos, mis arrepentimientos, mis ilusiones, las andanzas de los niños, mis dificultades, mi día a día. Teresa, Teresa.
       Necesitamos su firma. Teresa, Teresa. ¿Le ocurre algo? Teresa, Teresa. ¡Rápido, está en parada! Teresa. ¿Qué, mi amor?

3 de febrero de 2011

PREVARICACIÓN

Rutinariamente intercambio sus pulseras identificativas, ese fue el pacto.
No fue fácil. Tras casi seis meses de discusiones, fue finalmente  aprobado por la Asamblea de los Ciento Treinta.
Debíamos desprendernos del sentido de la propiedad desde el principio, desde las entrañas. Sería la única manera de empezar de nuevo para los que quedamos, nuestra única ley después del estrepitoso fracaso del sistema y de la catástrofe que asoló nuestro planeta.

Hoy, si todo va bien, quince,  contando la mía. Mi Marisa entró de parto hace ya tres horas: hoy nace mi Sofía, la estoy esperando. Ella será ella.

23 de enero de 2011

SECRET (revisado)



     Ayer guardé nuestra mentira bajo llave, en la caja transparente que tú me regalaste.  
No tardó en salir a la luz: tenía las patas muy cortas y el cuerpo muy maleable.  
Oigo un rumor de miradas  que acompasan, un zumbido cruzado de murmullos que me inducen a aligerar el paso. No, si yo ya corro desnuda por las calles, pero la  ciudad se me acaba  sin encontrarte. 

14 de enero de 2011

A TIEMPO


Amaneció con las manos ensangrentadas y a pesar de la lentitud con que funcionaba su cerebro, no tardó en comprender que no había conseguido estar muerta. No se suicidó lo suficiente. El abismo interior en el que se había precipitado la noche anterior le hizo olvidar su fobia a la sangre. La desmayada presión de aquella cuchilla en sus muñecas apenas serviría para llamar su atención. Pero él todavía no había regresado, aún tenía tiempo.

23 de diciembre de 2010

FORA TEMPO

     En las ciudades hay lugares que están entre paréntesis. 
      No es fácil descubrirlos, no se encuentran buscándolos como los otros. Lo sé porque me salen al encuentro, súbitamente, abordándome, sin tiempo para cambiar de acera como suelo hacer ante lo desconocido. Lo sé porque me detengo involuntariamente, sin motivo, miro a mi alrededor y los veo. Esos lugares te llaman. Luego ya, los conoces y te quedas. Y vuelves.
      En ellos el tiempo transcurre de otro modo, fuera de los cauces habituales de lo cotidiano, a gusto del consumidor. Se detiene, retrocede, avanza más deprisa o más despacio, al ritmo de mis sensaciones o de mis pensamientos. Es inútil mirar la hora, ayer había pasado un minuto cuando pensé que eran horas, hoy ha pasado una hora vivida como un segundo.
Sólo a veces, cuando el reloj mide el tiempo de los otros, hago una pausa.
      Entonces, una mujer tiende una lavadora oscura de ropa masculina en uno de aquellos balcones “otra tanda , la última, y esa mujer, y que sigue sentada en el parque, lleva por lo menos cuatro horas, vaya ganas, con el frío que hace”. Diez minutos. Disimuladamente disparo mi cámara, me mira. Un hombre pasa con la bolsa del pan en una mano y el periódico bajo el brazo “a ver si ha llegado ya el abuelo o habrá que ir a buscarlo”. Me mira. Dos minutos. Un niño pasa corriendo atado a un perro, medio minuto, una caída, me mira, llanto, ladridos. El hombre deja el pan y el periódico en un banco y vuelve a consolarlo y recogerlo. Cinco minutos. El anciano, atraviesa el espacio lentamente, con dificultad: 
    - Buenos días- con sonrisa, parándose.
    - Buenos días - las palabras me salen con sonrisa y con dificultad.
    - Hace bueno hoy - se acerca-, un poco de frío, pero al sol se está bien.
    - Se está bien sí- parca.
    - Ale, hasta otra guapa, - vuelve a arrancar- me espera el hijo para comer.
    - Adiós, no se entretenga que le he visto pasar hace un rato. Treinta minutos.

       La mujer, que sigue sentada en el parque, enciende un cigarrillo. Mira el reloj y sonríe. Recuerda en ese momento que tiene que poner un programa corto para sus cuatro prendas, las que más usa, las más cómodas., mandar cuatro mails, hacer cuatro cosas. Hoy no le ha dicho nada su hijo de ir a comer con ellos. Vuelve a sonreír cuando piensa en su nieto. Mira el reloj. Hace otra foto. Cinco horas.
       En las ciudades hay personas que están entre paréntesis.

24 de noviembre de 2010

BUCLE

A mi me empiezan a entrar dudas de las dudas,
rutinariamente intercambio  sus pulseras identificativas
Papá solía morirse dos veces al día
¡¡Tachán!!
Y dio otro bocado
Como los ángeles al caer el sol,
Algunos lloran,

20 de noviembre de 2010

UNA PAUSA PARA APRENDER


Estimados seguidores de mi blog, espero que sepáis disculpar esta pausa en mi producción que estoy dedicando a un curso de narrativa avanzada con Fernando Clemot en Laboratorio de Escritura (Barcelona).

El curso,  que sigo como puedo pues el tiempo del que dispongo es limitado, es muy interesante. Fernando es un encanto de persona y un excelente profesional que comparte con nosotras sus conocimientos y sus pequeños secretos y trucos como escritor con una sencillez y una cercanía muy agradables. En el curso están también Paola y Ana Mª. Los cuatro formamos un grupo cálido y motivador y compartimos escritos  y algo de nosostros mismos.

Cuelgo de vez en cuando relatos reeditados y revisados aplicando nuevos aprendizajes y mejorándolos.

Hoy os dejo unas fotografías soleadas y otoñales de mis idas y venidas  los sábados por la mañana a la calle Escorial 11, donde se encuentra el centro. 

 Un fuerte abrazo  a todos.







 

3 de noviembre de 2010

Deliciosa Collioure

Ella recogía ávidamente los colores de Collioure con su cámara dejando que la luz dorada de esa tarde francesita lo maquillase todo. La sensaciones de libertad y bienestar que sentía sólo competían con la  nostalgia de su compañía: caricias, besos, voz,  palabras. 
Al tercer día abandonó el lugar después de esparcir sus cenizas en la bahía, entre la torre y el faro.