18 de junio de 2011

MI MAMÁ ME MIMA

MI MAMÁ ME MIMA


María adora ir a la escuela, es el único lugar en el que se siente humana. Cuando consigue leer una frase, su rostro se ilumina, es como descubrir un tesoro, como subir al cielo, como caminar, por fin, hacia alguna parte.

De vuelta a casa, dos horas de camino, es capaz de mantener su débil cuerpo más erguido e incluso de aligerar un poco el paso.

Ya puede divisar el campamento, ya asoma la tristeza. Se detiene y permanece pensativa unos instantes. En un movimiento brusco, de ceño fruncido, de labios apretados, se sienta en medio del camino y saca su cartilla.

Su voz se eleva con rabia en el silencio de la poca tarde que le queda al día:


_ ¡ Mi mamá me mima!

13 de junio de 2011

E-OBSESIÓN


Acabé por eliminarla: colgase lo que colgase, siempre pinchaba el “me gusta”.

2 de junio de 2011

VOLVER



      ¿Mamá?… No, mamá, estoy bien. Sí, mamá. No, escucha, estoy en Atocha a tres horitas sólo de Sevilla con el Ave, ¿y por qué no? - la vieja maleta roja, vencida por el peso, cae,  la recojo y la aguanto entre las piernas- Sí, sólo sería una semanilla, … si podéis os instaláis en casa con el peque, que lo trae mañana el padre. Bueno pues coméntaselo a papá, me espero. (…) ¿Cómo que y eso? Pues un ataque de raíces de los míos, está tan cerca… ¿Sí? vale, voy corriendo a cambiar el billete que el tren sale dentro de media hora. Un beso, mamá. Os llamo luego.
Los recuerdos revientan durante el trayecto, las imágenes y las palabras se agolpan en mis ojos y mi boca se curva en una sonrisa que conozco bien, la del alivio, la de la satisfacción con ansias de permanecer. No pierdo de vista la maleta,  mi presente maduro, las prendas que elegí para el viaje. Ni siquiera intento subirla al portaequipajes, pesa demasiado y no quiero que nadie me brinde ese tipo de ayudas inmediatas.
Regreso hoy a tu mar de olivos, a tus cortijos blancos, a caminar veranos por tus tierras cuarteadas y sedientas, a tus patios encalados de pilistras verdes, de geranios rojos, de jazmines blancos, a los lunares que bailan al son de tus guitarras y tus palmas, a la casa de Juan González. Vuelvo para charlar en la cocina con Dolores, a recordar, a reírnos con Javier de la niña catalana que corría por los tejados a la hora de la siesta. 
El abuelo se muere y me llama, no quiere marchar sin abrazarme. Es un invierno duro en la sierra sevillana. Aquí estoy. Pero tú finalmente no te vas y disfruto de tus mimos y tus cuentos de Calleja, del cinquillo, de la ronda, de la mona, de la brisca alrededor de la mesa camilla, de tus trampas, del tiritritán, tan, tan, al trote y al galope, carcajeando en tus rodillas, y los ojos cerrados, tus dedos en mi espalda Tricotrín, tricotrán, de la vera, vera, van, del palacio a la cocina, ¿Cuántos dedos tengo encima?... ¡Tres!
Son las tres y en la radio empieza el parte, yo no entiendo casi nada pero lo escucho contigo, ha muerto Kennedy asesinado, parece una noticia importante, no sé por qué me va a quedar en el recuerdo. Una hora más tarde, la radionovela, mi tía y yo nos quedamos embobadas escuchando, hoy la va a besar seguro, lleva tres días intentándolo, Lucecita llora, mi tía plancha, yo la miro.
Casi un año. Mamá tarda en venir a recogerme: algo pasa. Me envía por correo ropa hecha por ella, zapatos nuevos y un bolso blanco, última moda en la capital catalana, blanco también de las risas de mi amiguitas de tejado, enormemente grande, más grande que yo, ¿mi madre no se acuerda ya de mi tamaño?
Por fin te veo aparecer una mañana, tan delgada, tan envuelta en luto y en tristeza. Vienes a buscarme y me cuentas, mientras secamos nuestras lágrimas, que hemos perdido a Pepi, que por eso habías tardado tanto, que ni un solo día pasaste sin pensar en mí, que no me habías abandonado, que qué tonta, que claro que me quieres. Un accidente. Yo soy la mayor, ya tengo casi ocho años, debí estar allí para cuidarla, quizás lo hubiese evitado. Nos espera el autobús de Barcelona, Despeñaperros, catorce o quince horas, volvemos a casa. Nunca más me separo de ti, mamá.
Sentadas en el patio, bajo la parra, Dolores y yo recordamos aquella Semana Santa en que volví mocita y quinceañera con mi hermano y nos reímos de mi rebeldía, de mis medionovios, de los sermones con los que tú, mi querida tía, te ganaste mi odio adolescente.
Al ratito de llegar y de besarte: Mi Isabel María, con lo que yo la he querido y no haberla conocido, dices entre dientes, moviendo la cabeza de una lado a otro, sin mirarme a los ojos, y asoman unas lagrimillas a tu viejo rostro y yo te beso tres o cuatro veces más hasta que desaparece esa angustiosa sensación senil. Aquí estoy.

 Hoy te acompaño yo a tomar tu café diario en el bar de “Granaíta”.
       - ¿Esta es la mayor de Ignacio, no?, todos tus viejos amigos me celebran.
       - Sí, hombre, sí, y de Isabelita la Repecha - y me miman.
Tú le compras el helado a tu nieta de seis años y me lo como yo, mocita y divertida. Al rato volvemos a casa despacio, aprendo de ti a ir despacio, toda una proeza en mis quince efervescentes años.. De tanto en tanto vas sacando de tu chaleco el reloj de bolsillo y lo miras, es importante el tiempo, queda poco, me dices con la respiración entrecortada, yo intentaré estar cuando te vayas, pienso. Y te doy otro beso.
Javier se va a dar de comer a las bestias, Dolores y yo nos quedamos solas, rememoramos juntas el triste día de la muerte del abuelo, aquí, en su casa, en su cama- cuando vuelvo siempre duermo en la cama del abuelo, soy invencible en su cuarto - sin sedantes, de viejo, a palo seco...
Aquí estoy abuelo, otra vez, mujer y esposa, a cogerte la mano, a que me sientas muy cerca en tu agonía. La aprietas y yo te correspondo controlando la ansiedad y la pena que me produce el sonido de tu respiración, el maldito líquido de tus pulmones que te está ahogando. Siento tu sufrimiento. Vuelves a apretarme la mano y vuelvo a corresponderte. Aquí estoy abuelo. De madrugada mi padre me despierta, es la primera vez que le veo llorar, "Ya está, se acabó", salto de la cama, no sé como me deje convencer par irme a descansar un rato, no quiero, voy a verte a tu cama, cuanto te quiero, la muerte en tu rostro, indescriptible, lloró desconsoladamente, no quiero, te quiero, aquí estoy. Te beso por última vez. No puedo soportar que cierren ese estrecho ataúd que te contiene mientras llega el cura y empieza el entierro. La muerte cruel me priva de tocarte y abrazarte, de reír contigo de tus desvaríos, de oírte hablar en sueños por las noches, de tus manías de viejo, de tus cuentos, de tus besos. Ayer te velé y hoy acompaño tu féretro, triste y orgullosa, por las calles del pueblo.
Cuando levanté la vista, tía Dolores me estaba mirando con esa sonrisa paciente que siempre tuvo conmigo, como aguardando a que volviese del recuerdo. Nos retiramos ambas a nuestras tareas, ella a la cocina, yo a deshacer la maleta que Javier, sin preguntar, había llevado a la habitación del abuelo.
Por el pequeño tragaluz que da a los campos de atrás, llegan los gritos de los espectadores, el campo está repleto, la banda del pueblo orquesta los goles locales. Son días de feria, de júbilo, de pausa, de tapas y rebujitos a cualquier hora. En la habitación, sin embargo, reinan despacio la oscuridad y la calma. Aquí dentro el tiempo se dilata, se demora, flota y se va depositando lentamente sobre mis viejos recuerdos, sobre mis primeras canas, sobre los muebles.
Todo seguía igual, los mismos colores oscuros en las maderas y los blancos veteados de grises en los sobres de mármol. La vieja cómoda continuaba protegiendo en su interior los objetos de siempre, sus escapularios, su maquinilla de afeitar de bronce, sus estampitas de santos, los diminutos cuentos de Calleja, los recordatorios de los que se habían ido marchando, la gramática de la abuela, y la frágil pareja de jarroncillos de cristal azul que continuaban recogidos y envueltos para evitar el extravío. La mesita de noche, altísima, un cíclope desproporcionado con el resto de la estancia que siempre me invitó a pensar que su único cajón debía de contener algo importante. El espejo del tocador, algo deteriorado, me sorprende devolviéndome la imagen de una mujer adulta. Una mujer adulta y sola que regresa. Es importante el tiempo. Y su  cama, soy invencible, el ruido de su respiración, aprendí contigo a ir despacio. Mi maleta.

17 de mayo de 2011

PIEDRAS EN EL CAMINO - Isabel González


Para no desconocerla, diré- en honor de la verdad- que ella no fue la única culpable. Hubo otras que conspiraron en la sombra, también tenían sus motivos para quitársela de en medio, y que la instigaron a cometer ese crimen terrible: el pastel había desaparecido.
Miss Madrid fue inevitablemente eliminada del concurso tras su paso por la báscula.


Imagen de Abraham Balcázar

16 de mayo de 2011

IMPROPERIOS ELECTORALES –Isabel González


Para no desconocerla diré que no es propio de ella, que el agotamiento de la campaña ha hecho mella en su carácter, que perdió el control y todas esas cosas que se dicen para excusar lo inexcusable; y aún así: suicidio seguro en los próximos comicios.

11 de mayo de 2011

9 de mayo de 2011

PUNTO Y FINAL

 
      Para no desconocerla diré que Elena no siempre se mostró así: fría, ausente, tan lejos de los que la amamos tanto. Ni una sonrisa, ni una mueca, ni una palabra, ni un pequeño atisbo de lo que ella había sido.

       ¿Y sus ojos? Esos no son los ojos de mi Elena: los suyos me amaban, me odiaban, me deseaban, me echaban de menos, me sonreían, me lloraban.

      Yo debí estar aquí cuando me necesitaron, cuando sus manos me buscaban, cuando parió a nuestra hija. Hoy, sin embargo, vítreos y con las pupilas dilatadas, ni siquiera me culpan.

     Miro a mi alrededor: todos esperan con rencor que sea yo quien los cierre para siempre.

7 de mayo de 2011

WOMEN OF HAZERSWOUDE (Traducido al inglés por mi entrañable amigo Pedro Moreno)


1. The e-mail
“My name is Ellen: I earn my money taking pictures and I am not a foul. I’ve done thousands of them all along my career but I can promise that these pics I am going to talk about got stuck in my retina and my memory forever. This is an image, they are three, this is only one: they are the story of a woman, unknown then, who appears all of a sudden in the lens of my camera during one of my uncountable promenades along Hazerswoude channels in winter 2006”.


        I receive that text in inverted commas in an email, with an enclosed image. The sender was Ellen Kooi, a well-known Dutch photographer who was the object of some articles I had written for the newspaper I work for. According her words, I’ve been the only one above all critics that was able to get the soul of this image. She enclosed her phone number and asked me to get in contact as soon as possible so she was in need to talk with me. Ellen Kooi was in Barcelona those days and it was a perfect time to meet each other. I did agree. The reason and the mystery were floating in the air.

        I recognized the picture immediately: it took part of a collection based on Dutch channels displayed in Barcelona three or four years ago and I wrote some paragraphs about. I could take a meticulous look over the picture: its resolution was high and there were some details I’ve forgotten. It’s true that the face of the woman in first term shocked me specially the contrast between the warmth and cleanliness of her gaze, the burning hair that illuminated the room with these black winter channel covered by snow. I also could remember me thinking about these two women, trying to get the meaning of the hidden message: are they the same women or not? Reason could not explain all that I could see but my intuition leads me to understand this internal, feminine universe full of desires, dreams, waits, and solitude. This is the way I wrote my article: for me, it was an unfinished work. And there was the water, always water in her pieces.


 Time is water, said the authoress in an interview for El País. We always go back to the water.

        I felt that the person who took the image was the owner of the keys for the message: the secret of these women, of this woman, of these moments. Finally, the truth was come out.

       Two months after my interview, I published this story at her request because I was told that she had a lot of difficulties on doing by herself.


2. Women of Hazerswoude


        Ellen Kooi the photographer, involved in a new project, is travelling right now with the aim of get a good illustrated report of people living next to the channels of Hazarswoude. The set could not be better: the beauty of this place –when she promised herself to come back- and the brand new light of a grey winter morning. This winter of 2006 it has been hard and the remains of the snow are lying over the road.

 

       Ellen drives with caution through the chosen place when suddenly, a little house attracts her attention: its simplicity, transparency, its light. She comes closer, parks the car reasonably far from there and, with no intention of been seen, enters into the property with her camera. According her method, the photographer tries to capture people interacting with the landscape, spontaneously. Nobody must notice her at work. If the work finally success, she introduces herself and ask their consent about the pics to be published. People always agree: her fame is well known and the photos are excellent.

        This house has big windows showing the channel and you could mistake water for crystal. It’s no easy to realize when the windows start and the channel finishes. The light, the water, the trees, snow and the grey sky are perfectly mixed over the transparent walls of the house as they take part of them.

 

       She approaches the house and pays attention to her camera: it wouldn’t be he first time than both fall down and crashes when searching the best plane. She can’t come closer because it is a very uneven piece of a land so she stands up and prepares the lens when, all of a sudden, meets Sofie Drescher for the first time.

        The surprise before the obstinate look of this woman fixed in the lens disconcerts her in such a way that, scared, he moves back sharply. Sofie was looking at her and the half smile seemed to confirm that she had discovered his intentions, which seemed to be completely impossible given the great distance to whom was of the house and the local frondage in the one that she had hidden. Probably the most correct thing had been to approach to give the pertinent explanations and apologize for the interference in the intimacy of her home but the scare makes her to leave of there rapidly: she needed to go away and take a breath an then to think about what was happened. She was not capable of understanding the mixture of attraction and fear that she had just experimented in a few seconds before this unexpected presence.
        There were had passed after that day and Ellen was not able to separate that woman of her thought. Scarcely it had had time to perceive his physical aspect though, the great observant she was, already had registered it as a species of red-haired dressed Gioconda of green shining between the subdued and neutral colours of the environment.

        In the days that follow the encounter, she had continued realizing works in the zone but always he avoided to approach the house of crystal, that is the way she named it whenever he was recalling the anecdote with someone of her colleagues: they were insisting that she had got obsessed with the red-haired women and that she had to return to clarify everything, introduce each one and make new photos that, with complete certainty, would be excellent because the interest and the mystery were served and the look of her own camera was already determined to catching something very special.

       Today it is the great day: Ellen is ready to visualize the works of last weeks. It is not in the usual way to do up to giving for the article finished, another habitual strategy in the artist to avoid to determine his later captures and that had given her very good results. The aim is not avoid that the taken images that day could react on those taken of the following one.

        The first one that the publisher loads paralyzes her: it is she, the girl of the green garment, and she looks at her the same way as that day. She did not remember to have taken this photo, it is more, she was sure of not having done it. The same look of complicity, as if she was waiting to meet her. Sitting, with the arms relaxed in the lap, illuminating the stay with her hair and with this half smile of big mouth and thick, distended lips. She needs to do a zoom on the green of her eyes to check that they are not a brilliant reflection of the colour of his garment. It is not. If she had these eyes she also had chosen this colour for her clothes. Ellen has the same sensation of scare, of having being discovered.
        In the photography she is not alone, though she does not remember that there was nobody any more this day, everything was so rapid. There appear other two women of aspect very similar: the three dress the same colour, the three avoid to gather and to brush their long reddish locks.

       On the second plane, standing, with uncovered, another woman sticks her hands and her look to the large window looking for the sky. She cannot avoid compare her with my Gioconda: her attitude is less relaxed: Ellen notices in her position the tension of the longing, of the desire, of a dream, of a wait. Certain melancholy. Out, close to the channel across the crystal there is another one, a bit more wrapped up warm woman, the feet sunk in the snow, embracing herself, shy, we do not know because of cold, of sadness or both things.

       The emotional tension grows as the planes move away and the feminine figures diminish in size at the time that his uneasiness increases. The relation that could exist between these three women puzzles Ellen, who finally decides that she will appear in the house any of these days to apologize and known some more about them.

        There are waters throughout: the black ones of the channel, the snowy and solid ones of the soil, the condensed in the sky on the verge of breaking in clear and transparent rain. But the one that more calls her attention is the one that they guard inside the house in these two containers of crystal: it is clean, still.

        Nothing has very much sense. There is certain incoherence in everything what she sees. There are no furniture in the stay except the armchair draped in white in the one that rests, waiting for her, her Mona Lisa: the face turns out to be so familiar. The reddish soil receives stones and brush as it happens in these abandoned houses where the nature penetrates without knowing how in spite of having all his closed orifices, this abandon contrasts with the long radiator of a very up-to-date style.

       It is eight o'clock in the morning; she applies certain retouches to the image that they give an almost oneiric environment, according to her style, save changes, turn off her computer, puts her coat on, her walking books, takes the camera and the keys: she goes away.





































20 de abril de 2011

LAS MUJERES DE HAZERSWOUDE



Hazerswoude- Tsjechov, 2006 (Ellen Kooi)

I.  EL MAIL

“Me llamo Ellen: me gano la vida retratándola y no estoy loca. He hecho miles de fotografías a lo largo de mi carrera pero les aseguro que las imágenes de las que hoy les hablo quedaron prendidas en mi retina y mi memoria para siempre. Es una imagen, son tres imágenes, es una imagen: son la historia de una mujer, desconocida entonces, que apareció en mi objetivo inesperadamente en unos de mis innumerables paseos por los canales de Hazerswoude durante el crudo invierno de 2006”

     Recibo este texto entrecomillado en el cuerpo de un mail junto con el archivo adjunto de una imagen. La remitente, Ellen Kooi: una conocida fotógrafa holandesa sobre la que había publicado algún artículo en el diario para el que trabajo. Según ella, yo había sido el único crítico capaz de captar el alma de esa imagen, adjuntaba su móvil y me solicitaba que me pusiese en contacto lo más pronto posible, necesitaba hablar conmigo. Se encontraba estos días en Barcelona y no quería dejar pasar la oportunidad de hacerlo: yo tampoco. El motivo quedaba en el aire, el misterio también.
     Reconocí la fotografía al instante, formaba parte de una colección ambientada en los paisajes de canales holandeses que la artista había expuesto hace ya unos años en Barcelona, y sobre la que versaba el artículo al que se refería su autora. Volví a mirarla, la resolución era alta y eso me permitió ver detalles que había olvidado. Es cierto que en su momento me impactó el rostro de esa mujer en primer plano: el contraste entre la calidez de su mirada directa y limpia y su pelo encendido iluminando la estancia, con la frialdad de la negrura del canal rodeado de nieve. Recuerdo también haber pasado largo tiempo intentando descifrar el mensaje de esa imagen, esclarecer si las otras dos mujeres eran o no la misma mujer. La razón no podía explicar todo lo que veía, mi intuición, sin embargo, sí me llevaba a entender que allí se había plasmado todo un mundo interior femenino, lleno de anhelos, sueños, deseos, olvidos, esperas, soledades. Así lo había expresado en mi artículo: me parecía una obra inacabada. Y el agua, presente siempre en su obra.

     - El tiempo es agua – refería la autora en una entrevista concedida al diario El País en aquella época- siempre regresamos al agua.

Sentía que sólo la persona que tomó la instantánea tendría las claves de su mensaje: de esas mujeres, de esa mujer, de esos momentos. Ahora tendría la oportunidad de averiguarlo.

Unos meses después de mi entrevista con ella publiqué este relato a petición suya y tras exponerme las dificultades que había tenido en sus intentos de realizarlo ella misma.

II. LAS MUJERES DE HAZERSWOUDE

     La fotógrafa Ellen Kooi, embarcada en su nuevo proyecto, viaja con el objetivo de conseguir un buen reportaje gráfico que capte la vida de las gentes al borde de los muchos canales de Hazerswoude. El escenario no podía ser mejor: la belleza de ese lugar, al que siempre se prometió regresar, y la luz recién estrenada de una mañana fría y gris de invierno. El de 2006 está siendo un invierno duro y los restos de la nevada de la noche anterior se acumulan en los bordes de la carretera.
     Ellen conduce con precaución en dirección a la zona elegida previamente cuando, allá abajo, al borde del canal, una casa llama su atención: la sencillez de sus formas, su transparencia, su discreción, su luz. Se acerca, aparca a una distancia prudencial y, procurando no ser vista, se adentra a pie con su cámara.
     Es su estrategia, la fotógrafa busca retratar personas interactuando con el paisaje de manera espontánea: no deben percatarse de su presencia. Si el trabajo finalmente prospera, visita a sus protagonistas y les solicita permiso para publicarlo. No suelen negarse, su fama la precede y las fotografías son excelentes.
     La casa tiene grandes cristaleras que dan al canal y se mimetizan con sus aguas heladas. No es fácil distinguir donde empiezan unas y acaban las otras. La luz, el agua, la arboleda, la nieve y el cielo gris se reflejan en las paredes transparentes del edificio como si formaran parte de él.
     Decide acercarse un poco pero antes protege su cámara: no es la primera vez que ambas acaban dando de bruces contra el suelo buscando un plano maravilloso que la inmortalizaría e inutilizando alguno de sus carísimos aparatos.
     No puede avanzar más, el desnivel es peligroso así que se instala, coloca el objetivo y enfoca para obtener un plano que capte parte de la casa y del canal: es entonces cuando ve a Sofie Drescher por primera vez.
     La sorpresa ante la mirada obstinada de esa mujer clavada en el objetivo la desconcierta de tal modo que, asustada, se retira bruscamente hacia detrás, disparándosele accidentalmente la cámara. La estaba mirando directamente a ella y su media sonrisa parecía confirmar que había descubierto sus intenciones, lo cual parecía del todo imposible dada la gran distancia a la que se encontraba de la casa y la frondosidad del lugar en el que se había agazapado. Quizás lo más correcto hubiese sido acercarse a dar las explicaciones pertinentes y pedir dispculpas por la intromisión en la intimidad de su hogar pero el sobresalto aún no la había abandonado y prefirió marcharse de allí rápidamente: necesitaba alejarse y pensar en lo sucedido ya que no era capaz de entender la mezcla de atracción y miedo que acababa de experimentar en tan pocos segundos ante esa presencia inesperada.
     Habían pasado dos semanas desde aquel día y Ellen no lograba apartar a aquella mujer de su pensamiento. Apenas había tenido tiempo de percibir su aspecto físico aunque, la gran observadora que era, ya la había registrado como una especie de Gioconda pelirroja vestida de verde brillando entre los colores apagados y neutros del entorno.
     En los días que siguieron al precipitado encuentro, había seguido realizando trabajos en la zona pero siempre evitó acercarse a la casa de cristal, como la denominaba cada vez que rememoraba la anécdota con alguno de sus viejos conocidos de profesión: ellos insistían en que se había obsesionado con la pelirroja del vestido verde y que debía volver para esclarecerlo todo, presentarse y tomar unas fotos que, con toda seguridad, serían excelentes puesto que el interés y el misterio estaban servidos y la mirada de su cámara, la suya propia, ya estaba condicionada a captar algo muy especial.
     Hoy es el gran día: Ellen se dispone a visualizar los trabajos de las últimas semanas. No suele hacerlo hasta dar por finalizado el reportaje, otra estrategia habitual en la artista para evitar condicionar sus tomas posteriores y que hasta ahora le había dado muy buenos resultados. Consistía en evitar que las imágenes tomadas un día interactúasen sobre las del siguiente.
     La primera que carga su editor la paraliza: es ella, la chica del vestido verde, y la mira como aquel día. No recordaba haber tomado esa foto, es más, estaba segura de no haberlo hecho. La misma mirada de complicidad, como si estuviera esperando encontrarse con la suya. Sentada, con los brazos relajados en el regazo, encendiendo la estancia con su pelo y con esa media sonrisa de boca grande y labios gruesos, distendidos. Necesita hacer un zoom sobre el verde de sus ojos para constatar que no son un reflejo brillante del color de su vestido. No lo es. Si ella tuviera esos ojos también hubiese elegido ese color para sus ropas. Ellen tiene la misma sensación de sobresalto, de haber sido descubierta.
     En la fotografía no está sola, aunque no recuerda que hubiese nadie más ese día, todo fue tan rápido. Aparecen otras dos mujeres de aspecto y atuendo muy parecidos: las tres visten el mismo color, las tres evitan recoger y cepillar sus largas melenas rojizas.
     En segundo plano, de pie, los hombros al descubierto, otra mujer pega sus manos y su mirada al ventanal buscando el cielo. No puede evitar compararla con mi Gioconda, su actitud es menos relajada: nota en su postura la tensión del anhelo, del deseo, de un sueño, de una espera. Cierta melancolía. Fuera, junto al canal a través del cristal puede verse otra mujer un poco más abrigada, los pies hundidos en la nieve, abrazándose a sí misma, encogida, no sabe si de frío, de tristeza o de ambas cosas. La tensión emocional crece a medida que los planos se alejan y las figuras femeninas disminuyen en tamaño al tiempo que aumenta su desasosiego. La relación que pueda haber entre estas tres mujeres intriga a la fotográfa, que ya en ese momento decide que se presentará en la casa cualquier día para excusarse y saber algo más de ellas.

     Hay aguas por todas partes: las negras del canal, las níveas y sólidas del suelo, las condensadas en el cielo a punto de romper en lluvia clara y tranparente. Pero la que más llama su atención es la que guardan en el interior de la casa en esos dos recipientes de cristal: está limpia, está quieta. Nada tiene mucho sentido. Hay cierta incoherencia en todo lo que ve. No hay muebles en la estancia excepto el sillón tapizado en blanco en el que reposa, esperándola, su Mona Lisa- ya le resulta familiar. El suelo rojizo acoge piedras y broza como ocurre en esas casas abandonadas en las que la naturaleza penetra sin saber cómo a pesar de tener todos sus orificios cerrados, ese abandono que contrasta con el largo radiador del fondo de estilo muy actual.

Son las ocho de la mañana, aplica ciertos retoques a la imagen que le dan un ambiente casi onírico, muy a su estilo, guarda, apaga el ordenador, se pone el abrigo, las botas de caminar, coge su cámara y las llaves: se va.

1 de abril de 2011

MIEDO EN DOS MINUTOS


       Voy dejando arriba el espléndido sol de este domingo en Barcelona mientras desciendo apresuradamente las escaleras del Metro: línea roja, dirección Santa Coloma, último vagón pescado al vuelo, el alivio de un asiento vacío.
      -¡Te ha quitado el sitio, Pau! - chirría en mis oídos resacosos la voz cizañera de una chiquilla, me encuentro con su mirada y una sonrisa torcida por la mala intención.
      Pau debe ser el niño algo mayor que está de pie con la nariz aplastada en la ventana. Los padres me miran y reprenden levemente a la niña. Entre líneas, sin embargo, adivino que soy una intrusa en su perfecto grupo familiar de fin de semana, vamos a sacar a los niños. Ni me disculpo, ni me muevo, estoy vencida. Me acomodo en el asiento dispuesta de nuevo a desconectar de todo. Túnel.
      - Papá, ¿quién vive en esas puertas?- la voz del niño es débil, soportable.
      La misteriosa pregunta me reinicia, me sorprende y se queda conmigo en el aire esperando una respuesta. Ya no soy niña, hace tiempo que dejé de ver puertas en los túneles del metro y de preguntarme quién vivía en ellas. Nunca la formulé, evitaba las respuestas distantes de mi madre, tipo "déjate ya de tonterías, niña, siempre con la cabeza en babia", mientras seguía arremucándose con otro de sus paletos que no sabía que acabaría dándonos de comer aquel día. Permanezco atenta, suspendida. Espero la respuesta y la atención que siempre deseé a lo que nunca pregunté. Ellos no lo saben, yo tampoco todavía, pero ya se habían convertido en carne de teclado y word.
       - No vive na...
       - ¡Los fantasmas y los monstruos!, le interrumpe bruscamente la presunta niña con hambre de misterio y tono de carnaza. Quién sino.
       - Vaya ...como que tú los has visto- frunciendo el ceño, comprendiendo las terroríficas intenciones de su hija. La madre cede sonriente la negociación a su marido.
       - Sí.
       - Que los has visto, dices- insiste el padre dándole la oportunidad de desdecirse y evitar así alimentar los terrores nocturnos de su hermano mayor.
       - Sí - rotunda.
       - Están enterrados ahí... -murmura el niño que, impresionado, no ha podido olvidar las palabras de su hermana y ausente ya de la conversación sigue buscando monstruos y fantasmas en el túnel.

29 de marzo de 2011

ENTRE DOS MUNDOS


        No sé como llamar la atención de Isabel cuando está ahí dentro con toda esa gente. Hoy no para de hablar con la familia de un tal Ignasi Raventòs, todos llenos de piercings y tatuajes, pesados a más no poder con sus charlas de tinta y sus agujeros anímicos.
        Ya no sé que hacer. He utilizado todos los recursos que estaban a mi alcance: fui sigilosamente hasta su habitación y conseguí la zapatilla prohibida, la rosa, la que provoca en ella esos aspavientos tan divertidos persiguiéndome por toda la casa con ese "no" tan familiar que ella piensa que me perturba y a mí me resulta tan motivador.
         Después fui al lavabo y me traje ese otro objeto que provoca idéntica respuesta en ella, un objeto cilíndrico hueco y marrón que no sabe a nada pero que se destroza apetitosamente y se deshace en mi boca.
        - ¡Noooooooooooo!, ¡eso no!- me ha pillado.
        Ha cerrado las puertas de los objetos prohibidos. Cuando esas puertas se abren, por olvido,claro, se abre el cielo.
        Mi ama sigue tecleando. Es un ruido agradable que a veces me hace conciliar el sueño pero otras me exaspera y me aburre soberanamente, como ahora.
        Por fin se han ido los cuatro visitantes pirograbados. Es la mía, ahora no hay nadie. Entro, me acerco a ella, nada. No lo entiendo. ¿Habrá dejado de quererme?
        - ¿Qué pasa chico? ¡Mi chicorrote! - mi cola es la primera en alegrarse, gira como las aspas de un molino - ¡Está contento mi chico!- salto, me acaricia, me estiro, me retuerzo, me levanto, le pongo mi pata en la suya , le saco exageradamente la lengua, abro mis ojos todo lo que puedo.
        - ¡Y cómo le gusta que lo acaricien!- ya he hecho todo lo que sé hacer, porque lo de ladrar no procede. Por fin regresó. ¡¡Esta es mi ama!! Ahora seguro que me lleva al parque. Lo hace siempre que remuerde la conciencia y se siente culpable de haber estado tanto tiempo fuera.
        - Vamos Dex, chiquitín, vamos al parque.


28 de marzo de 2011

EQUILIBRIO

        Dex duerme entre el "estudio " y el "salón", mi apartamento es muy pequeño, pero tiene algunas puertas.
        Suele despatarrarse a medio camino entre mi silencio, el sonido de las teclas y la vida de allá afuera, como si quisiera ser el elemento aglutinante de ambos ambientes, el equilibrio que a veces me falta cuando la inspiración y el ordenador se apoderan de mí.
      Voy a acariaciarlo sin más demora.

27 de marzo de 2011

CONVIVENCIA

       Ahí llega majestuoso, algo lobo, muy negro. Mi dulce Darko.  Su presencia impone  a los demás humanos, una mezcla de respeto, admiración y miedo. Darko elige con criterio a su manada, dosifica sus mimos, pero siempre está ahí , no muy lejos, protegiendo a los suyos. No acaba de entender, aunque lo asume, que me tiene que compartir con el blanquito.
        Dex, por el contrario, es pequeño, peludo,  suave, se diría hecho todo de algodón sumiso y dulce. Él reparte mimos a diestro y siniestro, sin demasiados criterios, eso sí reserva los más ricos para los que le amamos, nosotros, Alex y yo.
      En el reino Darko, su casa, la nueva casa de Alex, Su Majestad ignora a Dex, le acepta como mucho la primera caricia, el resto le agobia y se va. Ni siquiera le gruñe, no merece la pena, es un cachorro de de 8 meses y él ya tiene 11, dónde va a parar. Allí Dex se contiene y sí, me permite acariciarlo y estar también por él. Mi precioso Darko, el primogénito.
     Pero hoy está en mi casa, la suya, su antigua casa  y el blanquito no le pasa ni una: el sofá es suyo, el estudio, también, la cocina, el lavabo, el colchón, los juguetes, yo. Cuando nos visita el Rey, Dex sólo cede, desde la parte de humanidad que le queda, la comida y el agua, que eso no se le niega a nadie.
    Su Alteza se ha ido y  el príncipe blanco relaja su estrés a mis pies y se resigna. Otra vez será, piensa. En la próxima intentaré de nuevo conseguir la abdicación.