10 de septiembre de 2011

ALTA CUNA ( Primera parte)



     Yo no nací por casualidad. Para entender mi llegada a la vida y a este mundo vuestro es necesario remontarse a mi concepción. Soy fruto de un matrimonio convenido, como los de antes.

El embarazo de mi madre fue también programado con alevosía. No hubo que esperar mucho, mamá siempre fue una hembra fácil a pesar de su educación y sus orígenes de casta noble. Y desde luego que no fui un hijo deseado, como no lo fueron tampoco mis otros siete hermanos, hijos del sexo sin amor y de los orgasmos de mi padre. Quizás por eso se nos complicó tanto el parto.

Como primogénito me tocó abrir caminos y fui el único que, siguiendo la tradición de la especie, recorrí con sumo esfuerzo las entrañas ensangrentadas de mi madre para intentar nacer con la poca dignidad que me quedaba.

No fue así. No hubiese visto la luz de no ser por el estirón doloroso de mis sienes que Don Francisco y su ayudante ejercieron sin piedad. Así que lo primero que oyeron mis enormes orejas fue el alarido desgarrado de mi madre y mi propio llanto. 

      - ¡Ya, ya, Manuela, ya está! Ya salió. Tranquila mujer, todo va ir bien - jadeaban las voces del exterior- ¡Rápido, que los demás están sufriendo! ¡Cesárea, cesárea, vamos!     
       
Os estaba hablando de mi llanto, un chillido agudo, entrecortado por la dificultad para respirar y la sorpresa ante la necesidad de hacerlo,  que  insiste en el dolor, en el hambre, en el miedo,  en la soledad, en el desamparo.  

La primera vez que sentí de nuevo tus latidos, madre, noté cierto alivio: me recorrían tu leche caliente y el amargo sabor de tu derrota. Yo tampoco me quiero.

8 de septiembre de 2011

ORIFICIO DE SALIDA II (revisado)


        La bala en tu sien, sin salida. Quieren apartarme del caso. Los puños, apretados, rígidos. Sin entrada. Es por tu bien, me dicen, pero yo sé que les importo una mierda.        
Consigo por fin abrirte el derecho tras desencajar cada uno de tus dedos, se me quiebra alguno. Contengo mi dolor, debo hacer bien mi trabajo, no puedo darles motivos a esos pringaos para putearme, lo están deseando. Tienes un papel arrugado, está lleno de arrepentimientos, perdones, despedidas, putas mentiras.

En el otro, tu rabia ha dibujado cinco pequeñas hendiduras rojas en la palma. Me quito uno de los guantes blancos, no me ve nadie, necesito tocártelas, una por una, para que me cuenten por qué. Ahora es mía la rabia con la que aprieto los puños.

Ha sido ella, lo sé, aunque todas las pruebas apunten a tu suicidio. Es tu pistola, sí, pero no hay huellas. Nunca te marcharías sin decírmelo, sin darme instrucciones, tú eras así conmigo.

Esta jodida placa que me permite ser la primera en tocarte no ha podido salvarte la vida.

Te dije que no me gustaba, que había algo oscuro en sus ojos cuando me miraba. Yo a ella tampoco. Al principio pensé que su distancia era una cuestión de rivalidad, que no acababa de creer que lo nuestro fuese sólo amistad. Cómo te reíste el día que te lo conté, luego me diste un abrazo y seguimos trabajando. Aquella tarde, sin embargo, se encontraron nuestras miradas más veces de la cuenta, con sonrisa, a hurtadillas, algo extrañas. Y respeté tu deseo de no investigarla. Yo te lo respetaba a todo.

Ha sido ella, estoy segura. Mira sus ojos como lagrimean de uno en uno, rítmicos. Mira su boca, esa mueca que está negando al llanto. Mira como me mira la hija de puta.

De repente, la bala sale disparada de tu otra sien y se incrusta vengadora en su corazón. Fluyen todas la sangres. Se aflojan mis puños. Cesan todas las lágrimas.



6 de septiembre de 2011

CAMINOS

      
      Dejó profundas huellas en mi camino que no fui capaz de ver durante el tiempo que convivimos juntos. Lo sé porque las reconozco en muchos de mis gestos: en ese tipo de cosas que provocan hoy mis risas y mis llantos, en cada una de las decisiones que tomo ahora que ya soy viejo y no la tengo, en la respuesta a mi caricia de su fiel amigo Toby, llena de regocijo, en la sonrisa plácida de mi nieta cuando se despachurra segura en mi regazo para dormirla con su canción de siempre.
      Hoy desando nuestro camino en mis recuerdos, vuelvo atrás para recorrerlo de nuevo con sus ojos.

4 de septiembre de 2011

PINCHAZO

      Tenía que cambiar el neumático a toda prisa, antes de que aquel oso enorme se decidiese a cruzar la carretera. Lo hizo.

3 de septiembre de 2011

EL PODER DE LAS PALABRAS



      Virginia cerró el diario: casi traspasa los límites de la cordura. No sabía el por qué de leer y releer el pasado. Le gustaba escribir y justificaba como correcciones de estilo las modificaciones que hacía en cada revisión. Perfeccionaba las formas sin darse cuenta de que retocaba el fondo emocional de lo vivido.Tenía que dejar de hacerlo. A veces se preguntaba hasta qué punto ese acto nostálgico podría estar influyendo en su presente.
     Con el paso del tiempo su memoria había sido selectiva con los recuerdos amargos, sirviéndose del "la vida sigue" como criterio básico. Esta vez la tentación había sido demasiado fuerte: a punto había estado de sustituir el "me dejó" por "le dejé" pero, afortunadamente,  lo que escribió en su día siempre tuvo la osadía de vencer al olvido.

2 de septiembre de 2011

ENCUADRE


      Después de colocar el árbol adecuadamente, es decir, con ese aspecto distraído que tienen los objetos que premeditan un desorden aparente y ordenado, como si siempre hubiese estado allí, vuelvo corriendo hacia mi cámara antes de que deje de ser una silueta. El sol no espera.

30 de agosto de 2011

MET_AMOR_ FOSIS : amores adolescentes.



   - Si mi beso te encuentra hoy mismo, no pienso esperar a que me crezca la cola: te amaré  intensamente desde todas mis formas. 

Ilustración de Juan Luís

29 de agosto de 2011

PUNTO Y FINAL : Audio en la voz de "La voz silenciosa"

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       Para no desconocerla diré que Elena no siempre se mostró así: fría, ausente, tan lejos de los que la amamos tanto. Ni una sonrisa, ni una mueca, ni una palabra, ni un pequeño atisbo de lo que ella había sido.        
¿Y sus ojos? Esos no son los ojos de mi Elena: los suyos me amaban, me odiaban, me deseaban, me echaban de menos, me sonreían, me lloraban.
Yo debí estar aquí cuando me necesitaron, cuando sus manos me buscaban, cuando parió a nuestra hija. Hoy, sin embargo, vítreos y con las pupilas dilatadas, ni siquiera me culpan.
Miro a mi alrededor: todos esperan con rencor que sea yo quien los cierre para siempre.

24 de agosto de 2011

EL FINAL DEL OTOÑO




      Aquí estoy segura. Un bicho tan pequeño como yo debe elegir bien los lugares por los que se mueve. Bajo este banco voy a reposar un rato, estoy cansada, no es fácil desplazarse con mi tamaño sin ser aplastada o engullida por esos otros seres mucho más grandes que yo, nunca miran dónde pisan ni a quién se llevan por delante. 
Ahora no hay nadie en el parque. Hay una hora en la que todos ellos desaparecen un buen rato, con el tiempo he comprendido que lo hacen para alimentarse, les gusta hacerlo en sitios cerrados.
Hay silencio aquí y lo disfruto, tan sólo se oye el chasquido del viento entre las hojas que van cayendo en cada acometida. Concretamente, ésa que acaba de caer me está tapando la vista, me gustan las escenas otoñales. Me desplazo un poco hacia la izquierda, pesadamente, despacio, arrastrando mi cuerpo dolorido. Soy mayor, la artritis se ha instalado ya en setenta y cinco de mis patas, y a este otoño ya le queda poco, quizás a mí también. Un poco más a la izquierda, por si es el último.
Pronto llegará el frío  y se acabarán los paseos y las contemplaciones. Habrá que retirarse entonces hasta la primavera, como siempre.

18 de julio de 2011

CADENAS


Vivió a duras penas: quince años y un día, la más corta.

AGONÍA



      Y se fue. Lo hizo despacio, sin dejar de volver la vista atrás. Y yo no acabo nunca de morirme.

18 de junio de 2011

MI MAMÁ ME MIMA

MI MAMÁ ME MIMA


María adora ir a la escuela, es el único lugar en el que se siente humana. Cuando consigue leer una frase, su rostro se ilumina, es como descubrir un tesoro, como subir al cielo, como caminar, por fin, hacia alguna parte.

De vuelta a casa, dos horas de camino, es capaz de mantener su débil cuerpo más erguido e incluso de aligerar un poco el paso.

Ya puede divisar el campamento, ya asoma la tristeza. Se detiene y permanece pensativa unos instantes. En un movimiento brusco, de ceño fruncido, de labios apretados, se sienta en medio del camino y saca su cartilla.

Su voz se eleva con rabia en el silencio de la poca tarde que le queda al día:


_ ¡ Mi mamá me mima!

13 de junio de 2011

E-OBSESIÓN


Acabé por eliminarla: colgase lo que colgase, siempre pinchaba el “me gusta”.

2 de junio de 2011

VOLVER



      ¿Mamá?… No, mamá, estoy bien. Sí, mamá. No, escucha, estoy en Atocha a tres horitas sólo de Sevilla con el Ave, ¿y por qué no? - la vieja maleta roja, vencida por el peso, cae,  la recojo y la aguanto entre las piernas- Sí, sólo sería una semanilla, … si podéis os instaláis en casa con el peque, que lo trae mañana el padre. Bueno pues coméntaselo a papá, me espero. (…) ¿Cómo que y eso? Pues un ataque de raíces de los míos, está tan cerca… ¿Sí? vale, voy corriendo a cambiar el billete que el tren sale dentro de media hora. Un beso, mamá. Os llamo luego.
Los recuerdos revientan durante el trayecto, las imágenes y las palabras se agolpan en mis ojos y mi boca se curva en una sonrisa que conozco bien, la del alivio, la de la satisfacción con ansias de permanecer. No pierdo de vista la maleta,  mi presente maduro, las prendas que elegí para el viaje. Ni siquiera intento subirla al portaequipajes, pesa demasiado y no quiero que nadie me brinde ese tipo de ayudas inmediatas.
Regreso hoy a tu mar de olivos, a tus cortijos blancos, a caminar veranos por tus tierras cuarteadas y sedientas, a tus patios encalados de pilistras verdes, de geranios rojos, de jazmines blancos, a los lunares que bailan al son de tus guitarras y tus palmas, a la casa de Juan González. Vuelvo para charlar en la cocina con Dolores, a recordar, a reírnos con Javier de la niña catalana que corría por los tejados a la hora de la siesta. 
El abuelo se muere y me llama, no quiere marchar sin abrazarme. Es un invierno duro en la sierra sevillana. Aquí estoy. Pero tú finalmente no te vas y disfruto de tus mimos y tus cuentos de Calleja, del cinquillo, de la ronda, de la mona, de la brisca alrededor de la mesa camilla, de tus trampas, del tiritritán, tan, tan, al trote y al galope, carcajeando en tus rodillas, y los ojos cerrados, tus dedos en mi espalda Tricotrín, tricotrán, de la vera, vera, van, del palacio a la cocina, ¿Cuántos dedos tengo encima?... ¡Tres!
Son las tres y en la radio empieza el parte, yo no entiendo casi nada pero lo escucho contigo, ha muerto Kennedy asesinado, parece una noticia importante, no sé por qué me va a quedar en el recuerdo. Una hora más tarde, la radionovela, mi tía y yo nos quedamos embobadas escuchando, hoy la va a besar seguro, lleva tres días intentándolo, Lucecita llora, mi tía plancha, yo la miro.
Casi un año. Mamá tarda en venir a recogerme: algo pasa. Me envía por correo ropa hecha por ella, zapatos nuevos y un bolso blanco, última moda en la capital catalana, blanco también de las risas de mi amiguitas de tejado, enormemente grande, más grande que yo, ¿mi madre no se acuerda ya de mi tamaño?
Por fin te veo aparecer una mañana, tan delgada, tan envuelta en luto y en tristeza. Vienes a buscarme y me cuentas, mientras secamos nuestras lágrimas, que hemos perdido a Pepi, que por eso habías tardado tanto, que ni un solo día pasaste sin pensar en mí, que no me habías abandonado, que qué tonta, que claro que me quieres. Un accidente. Yo soy la mayor, ya tengo casi ocho años, debí estar allí para cuidarla, quizás lo hubiese evitado. Nos espera el autobús de Barcelona, Despeñaperros, catorce o quince horas, volvemos a casa. Nunca más me separo de ti, mamá.
Sentadas en el patio, bajo la parra, Dolores y yo recordamos aquella Semana Santa en que volví mocita y quinceañera con mi hermano y nos reímos de mi rebeldía, de mis medionovios, de los sermones con los que tú, mi querida tía, te ganaste mi odio adolescente.
Al ratito de llegar y de besarte: Mi Isabel María, con lo que yo la he querido y no haberla conocido, dices entre dientes, moviendo la cabeza de una lado a otro, sin mirarme a los ojos, y asoman unas lagrimillas a tu viejo rostro y yo te beso tres o cuatro veces más hasta que desaparece esa angustiosa sensación senil. Aquí estoy.

 Hoy te acompaño yo a tomar tu café diario en el bar de “Granaíta”.
       - ¿Esta es la mayor de Ignacio, no?, todos tus viejos amigos me celebran.
       - Sí, hombre, sí, y de Isabelita la Repecha - y me miman.
Tú le compras el helado a tu nieta de seis años y me lo como yo, mocita y divertida. Al rato volvemos a casa despacio, aprendo de ti a ir despacio, toda una proeza en mis quince efervescentes años.. De tanto en tanto vas sacando de tu chaleco el reloj de bolsillo y lo miras, es importante el tiempo, queda poco, me dices con la respiración entrecortada, yo intentaré estar cuando te vayas, pienso. Y te doy otro beso.
Javier se va a dar de comer a las bestias, Dolores y yo nos quedamos solas, rememoramos juntas el triste día de la muerte del abuelo, aquí, en su casa, en su cama- cuando vuelvo siempre duermo en la cama del abuelo, soy invencible en su cuarto - sin sedantes, de viejo, a palo seco...
Aquí estoy abuelo, otra vez, mujer y esposa, a cogerte la mano, a que me sientas muy cerca en tu agonía. La aprietas y yo te correspondo controlando la ansiedad y la pena que me produce el sonido de tu respiración, el maldito líquido de tus pulmones que te está ahogando. Siento tu sufrimiento. Vuelves a apretarme la mano y vuelvo a corresponderte. Aquí estoy abuelo. De madrugada mi padre me despierta, es la primera vez que le veo llorar, "Ya está, se acabó", salto de la cama, no sé como me deje convencer par irme a descansar un rato, no quiero, voy a verte a tu cama, cuanto te quiero, la muerte en tu rostro, indescriptible, lloró desconsoladamente, no quiero, te quiero, aquí estoy. Te beso por última vez. No puedo soportar que cierren ese estrecho ataúd que te contiene mientras llega el cura y empieza el entierro. La muerte cruel me priva de tocarte y abrazarte, de reír contigo de tus desvaríos, de oírte hablar en sueños por las noches, de tus manías de viejo, de tus cuentos, de tus besos. Ayer te velé y hoy acompaño tu féretro, triste y orgullosa, por las calles del pueblo.
Cuando levanté la vista, tía Dolores me estaba mirando con esa sonrisa paciente que siempre tuvo conmigo, como aguardando a que volviese del recuerdo. Nos retiramos ambas a nuestras tareas, ella a la cocina, yo a deshacer la maleta que Javier, sin preguntar, había llevado a la habitación del abuelo.
Por el pequeño tragaluz que da a los campos de atrás, llegan los gritos de los espectadores, el campo está repleto, la banda del pueblo orquesta los goles locales. Son días de feria, de júbilo, de pausa, de tapas y rebujitos a cualquier hora. En la habitación, sin embargo, reinan despacio la oscuridad y la calma. Aquí dentro el tiempo se dilata, se demora, flota y se va depositando lentamente sobre mis viejos recuerdos, sobre mis primeras canas, sobre los muebles.
Todo seguía igual, los mismos colores oscuros en las maderas y los blancos veteados de grises en los sobres de mármol. La vieja cómoda continuaba protegiendo en su interior los objetos de siempre, sus escapularios, su maquinilla de afeitar de bronce, sus estampitas de santos, los diminutos cuentos de Calleja, los recordatorios de los que se habían ido marchando, la gramática de la abuela, y la frágil pareja de jarroncillos de cristal azul que continuaban recogidos y envueltos para evitar el extravío. La mesita de noche, altísima, un cíclope desproporcionado con el resto de la estancia que siempre me invitó a pensar que su único cajón debía de contener algo importante. El espejo del tocador, algo deteriorado, me sorprende devolviéndome la imagen de una mujer adulta. Una mujer adulta y sola que regresa. Es importante el tiempo. Y su  cama, soy invencible, el ruido de su respiración, aprendí contigo a ir despacio. Mi maleta.